
ECLESIASTÉS
¡Oh! ¿Y yo no estaré ya
para cuando florezcan?
La tierra que me cubra
¿no dará rosas?
¿Sólo hay olvido, ni niebla de memoria
bajo las hierbas rústicas?
¿En qué blasón antiguo
habéis visto ennoblecido el heno?
Hoy, está en su verdor
y mañana
lo arrojarán al horno.
Pero sabed que fui,
que viví y he existido.
Mi nombre no os importe:
podéis pisar el césped,
recostaros.
(De Tantas devastaciones, Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 1992)
LA CONDENADA
Ahora que ya era primavera, se acostaba algunos días, allí, en el huertecillo, junto al pozo, tan blanco, y la menta y los geranios rojos, hasta que se repusiese de los setenta azotes que había recibido, de orden de los señores inquisidores y que le habían dejado la espalda encentada. ¿Y qué había hecho ella?
No había podido entender nada de lo que le habían dicho en el tribunal de por qué no tenía que hacer oración, ni leer allí en su huertecillo, cerrando los ojos; pero eso era lo que la habían reprochado llamándola "iluminada".
-¿Y qué es iluminada? -decía ella.
Era todavía una niña, y su madre no había querido dársela por mujer a un hombre viejo y rico que era vecino suyo, y siempre se asomaba a las bardas del huertecillo. Así que estaba allí acostada y en silencio, curándose de aquellos azotes, aunque sabía que él podía denunciarla de nuevo.
Su madre también había sido azotada y había estado en la cárcel algún tiempo, pero cuando estaban allá, en la habitación de más adentro, leían aquel libro que decía que eso era el amor de Dios: esa desgracia.
Y entonces sentían mucha alegría, y tenían señalada esa página con unas hojas de menta o yerbabuena.
("La condenada", en Yo vi una vez a Ícaro, Valladolid, Castilla Ediciones, 2002, p. 151)
